¡Viva la lucha de los estibadores!

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Desde hace varios días está en primera página informativa el conflicto laboral de los estibadores portuarios, en los cuales han puesto la nueva diana neoliberal, y los han situado como el próximo objetivo a abatir. La estrategia es la de siempre: poniendo como referencia los propios marcos de actuación de la Unión Europea (el Ministro de Fomento declaraba a los medios que “estamos atados de pies y manos”, aunque luego bien que se llenan la boca hablando de la “soberanía nacional”), y bajo los vacíos eslóganes de “hacer nuestros puertos más competitivos”, se trata de un nuevo ataque a este colectivo, con la intención de degradar y precarizar el trabajo, reducir los salarios hasta en un 60%, convirtiendo dicho sector, al igual que ya han hecho con otros muchos, en un sector precarizado y “liberalizado” (eufemismo bajo el cual se esconde una terrible estrategia de perversos efectos). Y también al igual que otras veces, el mantra que se jalea para poner a la población alienada, desinformada y sin conciencia de clase en contra de estos trabajadores, es afirmar de ellos que son “unos privilegiados”. Ha ocurrido sobre todo con los colectivos de empleados públicos (funcionarios de las diversas Administraciones, pero también profesores, médicos, y un largo etcétera de profesionales, que han tenido que sufrir en sus carnes la estigmatización de ser tachados de “parásitos”, “vagos” o “privilegiados”, entre otras lindezas).

Como decíamos anteriormente, no es el primer colectivo que sufre el feroz ataque de la estrategia neoliberal. Antes fueron los maquinistas de Renfe, los basureros, los examinadores de Tráfico, el personal de tierra de Iberia, los controladores aéreos, el sector de los transportes públicos metropolitanos, el personal de Metro, los mineros, los profesionales de la sanidad, y los trabajadores de algunas grandes empresas, tales como los de Panrico, Coca-Cola o Movistar, entre otros muchos. Todos ellos eran, para las respectivas patronales y las Administraciones públicas implicadas, unos “privilegiados”. Sufrimos, bajo la excusa de la crisis económica y el hostigamiento permanente de Bruselas, un acoso laboral hacia todos los grandes sectores económicos del país, que pretende siempre los mismos objetivos: acabar con la fuerza sindical, desmantelar los derechos adquiridos mediante tantos años de lucha obrera, precarizar el trabajo, realizar despidos masivos mientras se lleva a cabo una escandalosa transferencia hacia el gran capital que controla estas empresas, y deslocalizar sedes hacia otras localizaciones más baratas en cuanto a costes laborales se refiere. Todo ello lo adornan bajo la falacia de la “liberalización”, y cuando los/as trabajadores/as se oponen a todos esos estropicios, amenazando con la huelga, el gran capital difunde claras campañas de desprestigio hacia estos colectivos, para trasladar el mensaje a la ciudadanía que son los trabajadores los que son unos intransigentes, unos privilegiados y unos insolidarios, además de unos egoístas a los que no les importa maltratar a la ciudadanía mediante sus huelgas salvajes. 

La subliminal estrategia para desprestigiar a cualquier colectivo laboral que oponga resistencia a la deriva privatizadora (perdón, quisimos decir “liberalizadora”) ha sido descrita magistralmente por Isacc Rosa en este artículo para eldiario.es, al cual nos remitimos. Básicamente, y lo podemos comprobar fehacientemente para cada caso que hemos relatado, dicha estrategia de acoso y derribo consiste en anunciar sus planes bajo diversos eufemismos (“externalización”, “liberalización”), siempre por imperativo europeo (unos imperativos que esta gentuza de la derecha se apresura a cumplir de forma entusiasta, todo lo contrario que cuando la Comisión Europea o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos les conmina a cumplir alguna sentencia que vaya en contra de sus intereses, tales como las que se refieren a las torturas policiales, a la derogación de la Ley de Amnistía, o al cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, entre otras), y lo adornamos con algunos falsos mantras hipócritas y deleznables, tales como el de la “modernización” del sector, la “creación de empleo”, o el “incremento de la competitividad”. Cuando el sector laboral en cuestión se resiste, como ahora está ocurriendo con los estibadores portuarios, comienza la campaña de desprestigio hacia ellos (anunciando sueldos escandalosos que normalmente nunca son ciertos, hablando de condiciones laborales privilegiadas, y demonizándolos por organizar huelgas “salvajes” tomando como “rehenes” a la población).

La estrategia de desprestigio finaliza haciendo campañas contra los sindicatos y los convenios colectivos (que son “inflexibles” en la negociación), y con acusaciones de dañar “un sector estratégico” de la economía española, como ya ha ocurrido otras tantas veces. Y así, poco a poco, paso a paso, bajo la inacción (incluso la complicidad) de la ciudadanía que se deja convencer por estos indecentes mensajes, la deriva neoliberal va acabando con toda resistencia a sus objetivos. No se cuenta la verdad: la verdad es que Europa tiene los mismos intereses que la derecha local, la verdad es que los trabajadores y trabajadoras no son privilegiados, sino obreros que han conseguido condiciones laborales dignas gracias a muchos años de lucha sindical, la verdad es que las empresas públicas (o privadas) que se desmantelan son rentables (y por tanto su desmantelamiento obedece a otros objetivos de transferencia de riqueza hacia el gran capital), y la verdad es que lo que se busca con estos ataques a ciertos colectivos, profesionales y empresas es únicamente degradar las condiciones laborales, disminuir la fuerza de la clase trabajadora, abaratar costes laborales, y precarizar el sector, reconvirtiendo (como ya han conseguido en muchos otros sectores) los empleos garantistas, decentes y estables, con derechos y protección social, en empleos basura, con condiciones abusivas, y con escasa o nula protección social. La verdad es que esa “liberalización” que propugnan sólo les beneficia a ellos, al gran capital, a las grandes empresas, a las patronales del sector, contribuyendo a la desigualdad y a la desprotección de los trabajadores. Esa es la verdad. 

El objetivo último es que quede la menor fuerza laboral digna posible, y para ello también azuzan las banderas del “emprendimiento” (para que todos nos hagamos empresarios, autoexplotándonos a nosotros mismos), y fomentan los criminales valores del capitalismo, tales como el egoísmo, la envidia, la insolidaridad o la competitividad, dislocando la tradicional conciencia de clase obrera, para que todo el proceso ofrezca la menor resistencia posible. Todos los pasos de la política económica neoliberal van enfocados a conseguir todos estos objetivos. Y en toda esta consecución ayudan mucho los medios de comunicación dominantes, esos que se alinean sin fisuras con el gran capital, que son los primeros en lanzar artículos, reportajes y editoriales para convencernos de lo “malos”, “egoístas”, “insolidarios” y “salvajes” que son los/as trabajadores/as, denunciando sus escadalosos “privilegios”, y encabezando la campaña de desprestigio hacia ellos. Absolutamente escandaloso. No podemos dejarnos engañar. Ayer fueron los funcionarios, los controladores aéreos, o los mineros. Hoy son los estibadores…¿Quiénes vendrán mañana? Si no sabemos como clase obrera cuál es nuestro sitio, cuáles son nuestros valores y quiénes nuestros enemigos, difícilmente ganaremos esta lucha. No hacemos más que darle la razón a Warren Buffet cuando aseguró, con toda lógica: “¡Claro que hay una lucha de clases! Y es la mía, la de los ricos, la que va ganando”. ¿Les dejamos seguir ganando, o reaccionamos de una vez?

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